Comer en Londres me rompió todos los prejuicios y me enseñó a viajar con la mente abierta

Durante mucho tiempo pensé que Londres no era una ciudad para comer bien, y llegar con esa idea fue el primer error que corregí apenas empecé a sentarme a la mesa. Desde mi experiencia, Londres no es una ciudad de un solo sabor, es un mapa gastronómico del mundo entero. Aquí conviven más de 270 nacionalidades y eso se refleja directamente en lo que comes cada día. Comer en Londres es entender que la identidad culinaria no siempre es tradicional, a veces es mestiza, migrante y en constante evolución.

Uno de los mayores aprendizajes fue aceptar que aquí la mejor comida no siempre está en restaurantes formales. Muchos de los sabores más memorables los encontré en mercados gastronómicos, pequeños locales de barrio y cocinas escondidas que funcionan más por reputación que por marketing. Londres es una ciudad donde el “buen comer” se reconoce por la fila y no por la fachada. La diversidad de precios también sorprende: puedes comer excelente sin gastar una fortuna si sabes elegir bien y no te dejas llevar por zonas exclusivamente turísticas.

Algo que me llamó profundamente la atención es la relación de Londres con el producto. Hay un respeto evidente por el origen, la estacionalidad y la trazabilidad de los alimentos. Comer aquí me enseñó a leer menús con otros ojos, a entender que menos ingredientes bien tratados dicen mucho más que platos sobrecargados. Incluso los clásicos británicos, que muchos subestiman, cobran sentido cuando se prueban donde se hacen bien y sin complejos.

La cultura del café, el brunch y la comida rápida de calidad también forma parte del día a día. Londres come a distintas horas, en distintos formatos y con una naturalidad que se adapta a la vida urbana. Desde mi experiencia, entender estos ritmos hace que la ciudad se sienta menos caótica y mucho más amable. Comer en Londres es una experiencia que exige curiosidad y cero prejuicios; cuando los sueltas, la ciudad te sorprende plato a plato.